Diego Bobillo está ligado al vóley desde la cuna, pero el deporte lo eligió a él y no viceversa. Hoy a sus 32 años es quien se encarga de guiar al equipo de Pellegrini en los torneos locales y nacionales. Además, es profesor de educación física y entrenador de las inferiores del club. Su tarea como líder no termina cuando se acaba un partido, su ejemplo como tal es transmitido cada vez que enseña.
En la Ciudad de Buenos Aires, en donde vivían Lila Valenzuela y Alberto Bobillo, nació Diego Alberto Bobillo. Difícil de creer que no haya nacido en Tucumán, porque él no tiene ni rastros del acento porteño, quizás sea porque vivió ahí hasta los cinco años. Por cuestiones labores de su familia se mudó al Jardín de la República, más precisamente a avenida Marina Alfaro al 1000.
Y sólo tardó seis años para comenzar a practicar vóley. Lo hace desde los 12, en el club Pellegrini: “El club era casi mi primera casa”. Claro, vivía a la vuelta…
Parte de su familia está ligada al deporte, es sobrino de Carlos Valenzuela (uno de los dueños del colegio Carlos Pellegrini) y primo de Juan Valenzuela. “Mi tío fue uno de los mentores del vóley acá en el Pellegrini, por eso es una relación familiar y de carne que tengo con el club”, contó Diego.
-¿Quién es Juan Valenzuela para vos?
“Mi primo Juan, es a quien siempre observé de chico, compartimos mucho tiempo juntos en la casa, en el club, entonces siempre fue una persona a la que miré mucho. Como figura también es a quien seguí mucho y él también me acompañó”.
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| Juan Valenzuela y Diego Bobillo. |
Su mamá y su papá nunca practicaron vóley, “me siguieron a todos lados eran los fans número 1”, expresó con una sonrisa en el rostro. Aunque sí compartió un par de años esta pasión con Melina, una de sus hermanas (las otras 2 son María y Lucila).
La mayoría de las historias de futbolistas o atletas sobre su decisión por cierto deporte involucran la frase ‘desde chico que hago esto’ o ‘desde chico tengo una pelota en los pies’, pero no es el caso de Diego.
Su incursión en esta disciplina es prácticamente desde el mismo momento en el que nació la práctica de vóley en el complejo Pellegrini. Pero practicó diversos deportes en las escuelas deportivas a las que asistía, como básquet, tenis, gimnasia y fútbol. Y así describió sus comienzos: “Quizás si hubiese sido otro deporte podría haber sido fútbol, arrancaba en el Pellegrini con fútbol y se me daba por el fútbol. No es que yo lo elegí al vóley como deporte, como que se dio así y arranque".
En el club donde se encuentra actualmente jugando pasó gran parte de su vida, pero a los 23 años su escenario cambió. Se vistió de otros colores. Compitió contra quienes eran sus compañeros. Y ganó la final del torneo anual en la que se enfrentó al club que lo vio nacer.
En junio de 2012, por una decisión dirigencial, Diego pasó a ser jugador del club Monteros Vóley. En un momento en donde la institución estaba rearmando el equipo, con algunos chicos de Monteros y de diversos clubes, “pero ese año me contratan y rodeado de algunos otros chicos de Monteros y con gente que fuimos de acá logramos armar un equipo más o menos compacto, lindo”, expresó mientras tomaba algunos mates recordando aquel año.
Comenzó el torneo anual y llegaron hasta la instancia de semifinales (aquí, en su cara se puede ver una sonrisa con satisfacción para empezar a contar que se enfrentaron a su clásico rival). Su rival: Social Monteros, a quien le ganaron y de esta manera pasaron a la final. Pero para lo que sigue se pone derecho, apoya la espalda en la silla y toma un poco de lo que le quedaba del mate. Todo para comenzar a contar lo que fue aquella final frente a Pellegrini. Fueron un montón de sensaciones encontradas, seguramente, y mientras el relato avanza pareciera ser que se transportó a ese día, cuando del otro lado de la red tenía a sus compañeros, amigos y familia. Claro, se enfrentó a su primo Juan, y además tenía a sus familiares en la tribuna, contraria.
Acorde avanza su historia comienza a notarse un poco más de tranquilidad en él, y continúa: “Lo tomé como lo tenía que tomar, de la manera más profesional posible, intentado brindar todo lo que tenía en ese momento para defender los colores de Monteros”. Y los defendió muy bien, porque formó parte importante de aquel equipo que gritó campeón y de la historia de Monteros porque fue la primera vez que el club ganó el torneo. En el cuarto set, cuando se definió todo, con una pequeña mueca de sonrisa, dijo: “Terminó el partido y fui a dar la mano, le pedí perdón a mi familia, y me senté a un costadito mientras los chicos festejaban, estaba contento, pero las sensaciones esas ambivalentes estaban, fue gracioso, fue linda la experiencia, pero hasta ahí”.
Sin embargo, al haber empezado a jugar desde tan chico, dedicarle tanto tiempo y responsabilidad al deporte, tuvo que priorizar ciertas cosas en su vida, quizás mucho más en su adolescencia. La mayoría de los chicos en esta época lo que esperan es el momento de los 15, porque después de los viajes escolares, es aquí donde se sienten libres, ‘grandes’. Después de ese año el objetivo es el viaje de egresados, el viaje a Bariloche, es cerrar con broche de oro la secundaria. Pero no es el caso de Diego, ya que el deporte y su pasión por éste, siempre estaban presentes, con partidos, entrenamientos, torneos y viajes. Aunque a esto lo describe como: “son sacrificios que uno va haciendo y que en el momento lo ve como decisiones no como sacrificios, no es que los hace con peso, decisiones que uno va tomando y si estás bien, con la cabeza derecha no te arrepentís. Después pensás en que podría haber sido distinto o no, pero cuando yo tomaba esas decisiones estaba completamente seguro”.
Estas decisiones le dejaron muchas experiencias, pero sobre todo una familia. Porque cuando uno crece suele tener un grupo de amigos de la secundaria, pero no es el caso de Diego. Ya que sus horas fuera del colegio las pasaba en el club rodeado de gente de este ámbito. Inclusive su novia, con quien está formando su familia, juega en el club.
“El vóley me hizo conocer el país. Argentina entera de punta a punta, desde inferiores hasta categorías mayores. Deja siempre vivencias increíbles”, dijo, con una gran expresión de felicidad. Entre tantas experiencias vividas, momentos, enseñanzas y personas que conoció, una de las que recordó, entre risas, fue el momento en el compartió plantel en Pellegrini con Jerónimo Bidegain, ex jugador de la Selección Argentina, uno de sus ídolos de chico.
Esta anécdota arrancó en el año 2002 cuando la Selección Argentina de Vóley vino a Villa Luján a jugar un cuadrangular. Diego con apenas 13 años estaba como balonero y limpia pisos, y como cualquier chico de esa edad, amante del deporte y de sus referentes, tenía a unos metros a un ídolo, entonces hizo lo que todos harían… sacarse una foto. Y entre risas dice: “Lo gracioso es que se la mostré a la foto cuando éramos compañeros y fue muy divertido recordar esos momentos”.
El auge de su carrera deportiva no fue en las inferiores cuando ganó diversos torneos o en primera con algunos regionales, fueron importantes, sí, pero su mejor momento fue desde los 19 años cuando comenzó a jugar Ligas Nacionales todos los años, pero también fue el inicio de su carrera universitaria. “Hay mucha gente que te dice si se puede estudiar y hacer deporte al mismo tiempo, o estudiar y trabajar, yo creo que no hay un manual o un libro, para mi particularmente”, recordó. Pero para él esto no fue así, sus días como universitario y como jugador de vóley no iban de la mano, a pesar de que lo que estudiaba era educación física. Su preparación física para competir en la Liga era durante todo el año, lo que lo beneficiaba mucho en su carrera, pero alrededor de agosto comenzaba a prepararse de una manera más fuerte, algo que requería tiempo y concentración, sumado su esfuerzo por estudiar. Algo que se vuelve complicado para cualquiera.
Y aunque la ayuda de su familia en ese momento fue muy importante, la situación de recursar y rendir muchas materias al año siguiente fue agobiante, “Pero es una elección que yo tomaba, el deporte por sobre el estudio”, aclaró y agregó: “cuando uno va avanzando y va creciendo se va dando cuenta si estás o no estás para algo y si podés llegar a un poquito más. Bueno a mí me pasaba que yo sentía que si podía un poquito más, entrenaba mucho, entrenaba todos los días, y gracias al acompañamiento del club también, los torneos y las competencias importantes fueron llegando”.
¿Existe un momento en donde sentiste satisfacción con el deporte o en dónde hayas dudado de tus decisiones?
“Tengo momentos particulares en los que me sentí mejor con el vóley o en los que la felicidad era extrema, pero también creo que durante todo este trayecto del vóley, y al habernos movido siempre en este ámbito, en el tucumano, me queda la satisfacción de haber compartido durante muchos años equipos con amigos con quienes al día de hoy seguimos siendo amigos y teniendo relación, y el que mi familia también haya podido disfrutar de un deporte conmigo adentro, para mí eso es super satisfactorio, brindarle a tu familia algo distinto, algo que está bueno. Después me pasó en la primera Liga A1 que cuando jugamos contra la Unión de Formosa estaba Marcos Milinkovic, que estaba en su penúltimo año de Liga Argentina. Y entonces estábamos entrando en calor y como que de repente miro para el otro lado de la cancha y está Milinkovic. Y estaba por enfrentarme a él, entonces era una situación fuerte, y encima con 20 años ‘decía wow mira está buenísimo, mira donde estoy’. Situaciones así chiquitas en donde a uno le va cayendo la ficha y decís está buenísimo, pero quiero un poco más”
Y a pesar de no haberse puesto la meta de "a los tantos años voy a recibirme", comenzó a notar que los años pasaban por lo que decidió dar un giro de 380° a su vida. Dejó de entrenar y de jugar, para dedicarse dos años de lleno al estudio y recibirse. Lo logró y volvió al patio de su casa, pero no solo como jugador de Instituto Pellegrini sino que ahora como entrenador de las inferiores.
Además de enseñar este deporte que ama, seguramente también quiso transmitir todo lo que aprendió y le dejó su entrenador, Julio Giménez y también su primo Juan. También el sentido a la competencia que encontró con su compañero Matías Pacheco, con quien pasaba mucho tiempo y muchos años compartiendo cancha, él vivía al frente del club.
Su camino como entrenador comenzó en 2015, mismo año en el que se recibió, y hasta la actualidad está vinculado a entrenar inferiores, mujeres y varones. Y con la cara iluminada expresó: “Del trabajo esa es la parte que disfruto un montón, de estar con los chicos, compartir con los profes, el espacio en el club, es muy agradable, el compartir, yo lo disfruto mucho”
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| Entrenando de inferiores. |
El significado de ‘capitán de vóley’ es: tiene como principal responsabilidad guiar el equipo durante el partido de vóley, indicando las posiciones a ocupar y la técnica que se va a utilizar en el ataque y en la defensa. Mientras que el de profesor es: aquel que tiene por oficio enseñar algo. Y si existiera un diccionario que tenga el significado de cada persona, el de Diego Alberto Bobillo sería ese mismo. Y en este deporte al capitán se lo distingue debido a que tiene una cinta de color distintivo en su camiseta. Diego viste además el número 10 en su espalda y pecho, pero no solo cuando está dentro de la cancha sino que afuera también.
Con mucha emoción recordó y contó:“ Me tocó que cuando empecé a trabajar como entrenador el club estaba desarmado y había muy poca gente, tanto como gente que quiera hacer deporte como gente que quiere apoyar el deporte desde lo dirigencial, deportivo y demás. Y entonces desde esa época hasta acá tuvimos que poner mucho el cuerpo mucho trabajo, muchas horas de estar, muchas horas de buscar chicos y aguantar, de intentar motivar para que el club no se caiga porque realmente el club se caía y desde ese entonces se formó algo muy lindo en el club y por ahí los resultados no acompañan, pero sentimos que empezamos a crear un poco esto de lo que Augusto (jefe de prensa) siempre dice el ADN Pellegrini”.
Este trabajo comenzó a tener sus frutos porque todo lo que sembraron desde ese año, ahora lo están cosechando. Existe y se nota con solo estar un par de horas en el club. El cariño de los chicos al club y la contención del mismo para con ellos. Un Diego levantando los papeles de las tribunas, profesores recogiendo pelotas, limpiando los baños, chicos nuevos que llegan para comenzar a entrenar ahí. Jefe de prensa y manager tocando puertas y buscando sponsor para poder ayudar a los chicos que viajaban a jugar la Liga Nacional, viaje que es el fruto del esfuerzo de muchos años por parte de los jugadores y dirigencia.
¿Sentís que el apoyo de la prensa, influye en la falta de gente y dirigentes que quieran apoyar este deporte?
“Calculo que es muy difícil, yo valoro mucho lo que hace Augusto y lo que hizo. Lo que viene haciendo hace un par de años, intentar darle un envión desde los medios a un deporte que aquí en Tucumán es chatisimo, entonces los medios influyen un montón. Lo vemos en todos los deportes y en la política, yo creo que sí que es muy importante. Aquí en Tucumán y en el norte estamos muy arriba, no te digo en lo deportivo, pero sí desde lo visual y desde lo que se vende por el trabajo que hace Augusto, está todo el tiempo buscando producir contenido y está buscando todo el tiempo mostrar, tratando de buscar una red de contacto acá, allá, para que nos vean. Entonces quizás hoy no desde los resultados, pero si desde lo que la gente ve somos bastante conocidos, años anteriores éramos muy conocidos por los resultados y quizás hoy no nos toca tanto, pero nos mantenemos ahí por lo que se toca desde el periodismo, del laburo día a día, de estar, de sacar una foto, subir un video, gestionar una nota, una entrevista, entonces para mí el trabajo del periodismo es muy importante”
Los años no solo pasaron para el club y para su crecimiento, también pasan para él, y aunque todavía le faltan un par de años ya comenzó a hacerse a la idea de su cercanía para dejar de jugar competitivamente a un nivel medio o alto. Con melancolía, pero con una sonrisa de conformidad y de satisfacción, reflexionó: “el cuerpo no es el mismo, no responde igual, es muy complicado seguirle el ritmo a las generaciones de hoy, chicos de 18, 19 años, que vuelan, vuelan de la cabeza, del físico, de la intensidad. Entonces de a poco si me voy haciendo la cabeza, yo siempre jodo y le digo a mi novia: ‘esta es la última, es la última’, jodo con los profes con los chicos y siempre siento que estoy para un poquito más, pero va a llegar el momento en el que ya no voy a estar para un poquito más, pero los proyectos familiares y proyectos laborales también empiezan a pesar en la mochila”.
Y así es como tiene su vida dividida entre el trabajo y el deporte, pero unidos por la pasión. Todos los caminos conducen a Roma, dicen; bueno todos los caminos de Diego conducen a Moreno y Alsina, al Instituto Doctor Carlos Pellegrini. Su casa.
Por Valentina Grondona
Instagram: vale_grondona Twitter: @VaGrondona






Gran atleta pero mejor persona, abrazo fuerte hno.
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